
Dokushô Villalba, maestro zen

Texto y fotos: Dokushô
Villalba
El planeta Tierra es un minúsculo grano de polvo que flota en un inmenso
océano de espacio cuya infinitud es inconcebible para la inteligencia
humana. En esta pequeña mota de polvo, no sabemos cómo ni por
qué, ha surgido la Vida, una frágil capa pulsátil incrustada
en el planeta, a la que llamamos Biosfera. La totalidad de la Biosfera es
un único Ser Vivo, una inextricable red de relaciones interdependientes
entre millones de seres vivos, de la misma forma que un organismo singular
es el resultado de la interacción de todas sus células.
La conciencia no es un atributo exclusivo del ser humano. Surge a través
del ser humano pero éste no es más que una apertura a través
del cual la Vida y el Universo se observan y se reconocen a sí mismos.
De la misma forma, una flor de almendro no pertenece al brote del que surge.
El brote es inseparable de las hojas; las hojas son indisociables de las ramas;
las ramas forman parte del tronco; el tronco se hunde a través de las
raíces en la tierra. La tierra es un conjunto de seres vivos y no vivos,
humus, bacterias, nutrientes. La tierra está rodeada y empapada de
oxígeno atravesado por los rayos del Sol. La totalidad de la Vida se
despierta y se reconoce a sí misma por medio de la conciencia que florece
a través de la vida humana.
Cuando esta conciencia se despierta, la Vida se despierta, la Vida se cuida
a sí misma. Aunque millones de seres humanos continúan percibiendo
la realidad a través de niveles de conciencia limitados por un sentido
reducido de la identidad (individual, étnico, religioso, cultural,
antropocéntrico, etc.), una nueva conciencia más abarcadora
y global está emergiendo en grandes capas de la población mundial:
nuestra existencia individual, la supervivencia de nuestro grupo étnico,
religioso o cultural son inseparables de las demás existencias individuales,
culturales, étnica, religiosas o culturales. Cuidar la compleja diversidad
de la vida no es sólo un imperativo moral o una necesidad de supervivencia
sino la manifestación de la Vida haciéndose consciente de sí
misma.
El individualismo radical, el etnocentrismo y el integrismo religioso o ideológico
son enfermedades transitorias que han surgido en el proceso de crecimiento.
Enfermedades que debemos diagnosticar, comprender y sanar si queremos seguir
creciendo en conciencia y en felicidad. La Vida nos empuja a ir más
allá de las percepciones reducidas y reductoras.
En mayo tuvo lugar en Alicante el III Parlamento de las Religiones. El tema,
alrededor del cual nos congregamos seguidores de diversas tradiciones espirituales,
fue: “Cuidar la Tierra, abrazar la Vida, la “Carta de la Tierra”
y el compromiso de las religiones”.
Es importante que todos los ciudadanos comencemos a tomar conciencia de la
estrecha interrelación que existe entre nuestra visión de la
realidad (religiosa, materialista, científica, atea, gnóstica,
etc.), la crisis de nuestro nicho ecológico, la justicia social y económica,
la democracia, las guerras y la paz. Es imposible abordar intelectualmente
cualquiera de estos temas sin tener en cuenta a los otros. Es más imposible
aún encontrar soluciones duraderas si no aceptamos la realidad como
un todo plenamente interdependiente.
La globalización no puede ceñirse exclusivamente al flujo de
capitales ni de información aséptica. Es crucial que también
nuestro conocimiento y comprensión de la realidad en la que vivimos
y de nosotros mismos alcen el vuelo más allá de los límites
estancos en los que han estado confinados durante siglos y nos proporcione
una visión global y globalizadora. Un conocimiento globalizador es
una visión amplia y expandida de la compleja interdependencia que mantiene
unido un pequeño acontecimiento de otro pequeño acontecimiento
distante miles de kilómetros o cientos de años.
Como dicen los nativos norteamericanos “nuestras decisiones y forma
de vida deben tener en cuenta al menos a las siete generaciones que nos han
precedido y a las siete que nos sucederán”.
Según la Carta de la Tierra: “Los patrones dominantes de producción
y consumo están causando devastación ambiental, agotamiento
de recursos y una extinción masiva de especies. Las comunidades están
siendo destruidas. Los beneficios del desarrollo no se comparten equitativamente
y la brecha entre ricos y pobres se está ensanchando. La injusticia,
la pobreza, la ignorancia y los conflictos violentos se manifiestan por doquier
y son la causa de grandes sufrimientos. Un aumento sin precedentes de la población
humana ha sobrecargado los sistemas ecológicos y sociales. Los fundamentos
de la seguridad global están siendo amenazados”.
¿Qué visión de la realidad y del ser humano en el seno
de ella ha generado una situación así? Si no identificamos las
causas profundas que han provocado el desequilibrio actual, nunca podremos
aplicar medidas correctoras reales. Las causas profundas se hallan en una
visión inapropiada de la realidad por parte de los seres humanos mismos,
en particular aquellos pocos que han tenido y tienen la responsabilidad de
dirigir la vida de millones. A lo que estamos asistiendo no es sólo
a una crisis medioambiental, sino a una profunda reconversión de la
visión que tenemos los seres humanos de nosotros mismos y de nuestro
lugar en el mundo. Estamos asistiendo a una revolución mayor que la
de Copérnico: estamos dándonos cuenta de que no somos el centro
del universo, ni siquiera de la vida en la Tierra, sino un elemento más
de una vasta red de interrelaciones, las cuales son todas necesarias e imprescindibles
para la existencia humana misma. Por lo tanto, las demás formas de
vida, los demás seres humanos pertenecientes a otras etnias, culturas
o religiones no están ahí para satisfacer ni servir a nuestro
narcisismo personal, étnico, cultural o religioso, sino que forman
parte, a mismo título que nosotros, de la misma trama de la vida en
la que estamos insertos. Estamos asistiendo al surgimiento de una nueva conciencia
planetaria.
A pesar de que los signos son graves y el tiempo apremia, la celebración
misma de este III Parlamento de las Religiones es una prueba viva de que las
fuerzas sanadoras de esta conciencia planetaria se están despertando
y están actuando. Asistimos a un momento histórico en el que
los peligros de regresión son tan dramáticos como las posibilidades
de progreso. Las religiones y todas las personas que intuyen que la Vida y
la Conciencia no puede ser reducidas a sus componentes materiales, tenemos
una gran responsabilidad a la hora de favorecer y promover el cambio pacífico
hacia una nueva forma de ser y estar en el mundo, una nueva forma de relacionarnos
los unos con los otros. Necesitamos actualizar una nueva Alianza entre nosotros
mismos, seres humanos, y entre nosotros y todas las formas que adopta la Vida,
ya sean las formas animal, vegetal, mineral, sólida, líquida
o gaseosa.
La necesidad de transformación que sentimos es un imperativo histórico.
Es la Vida pulsando en nuestro interior y conduciéndonos hacia una
visión más amplia de Verdad, de Belleza y de Amor.