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Historia
de una federación
Antonio Mínguez
En ocasiones, la trascendencia de algunos
acontecimientos en la historia de la humanidad suele pasar desapercibida
para sus testigos y protagonistas mientras están sucediendo.
Sumergidos en sus propias vidas o arrastrados por otros sucesos de repercusión
inmediata, no pueden captar su verdadero alcance y significado. Sólo
algunos seres de visión excepcional son capaces de intuirlo y
anunciarlo: es el caso del historiador Arnold J. Tonybee, al declarar
que el encuentro del budismo y el cristianismo sería el acontecimiento
más importante del siglo veinte. Un acontecimiento que, otro
novelista e historiador, Stefan Zweig, de haberlo vivido, lo hubiera
calificado, sin duda alguna, como uno de los Momentos Estelares
de la Humanidad.
Hasta mediados del siglo pasado, a excepción de los teósofos,
que en un intento de sincretismo entre las religiones de Oriente y Occidente
dieron a conocer algunos aspectos de estas culturas de forma popular,
el budismo en Occidente sólo había sido materia
de estudio para filósofos y eruditos; sabios que se sintieron
atraídos por la riqueza y profundidad de su filosofía,
que la desmenuzaron y analizaron como académicos e investigadores,
de forma metódica y fría, al igual que un entomólogo
estudia una especie desconocida y sorprendente o un arqueólogo
se maravilla ante el descubrimiento inesperado de una cultura superior.
Sin embargo, algunos sí tuvieron la sensibilidad y el talento
necesarios, como el filósofo Schopenhauer, en el siglo diecinueve,
quien a pesar de tener acceso nada más que a un pequeño
número de documentos originales, reprodujo con exactitud el pensamiento
budista en su obra El mundo como voluntad y representación.
Posteriormente, escritores de ficción, viajeros románticos
y soñadores, se sintieron atraídos más allá
de los puros conceptos y nos regalaron obras maravillosas, como La
luz de Asia, de Edwin Arnold, o el premio Nobel Karl Gjellerup,
convertido al budismo, con su deliciosa novela El Peregrino Kamanita.
Otros muchos hicieron innumerables referencias en la literatura del
diecinueve y el veinte, pero el budismo siguió siendo en Occidente,
durante mucho tiempo, materia exclusiva para una élite de intelectuales
y artistas.
Hubo tres circunstancias históricas que favorecieron la llegada
del budismo como camino religioso a nuestro hemisferio, sin inculturación
ni presiones, por la sola fuerza del espíritu: la derrota del
Japón en la segunda guerra mundial, el éxodo del pueblo
tibetano y la occidentalización del Sureste Asiático.
Esta vez, el contacto no se produjo de forma intelectual y académica,
para ser diseccionado y estudiado como un fenómeno cultural,
sino de forma viva y real, como debió de ocurrir con aquellas
gentes que hace miles de años, en su primitiva propagación
por Asia, se acercaron a los primeros maestros para recibir la transmisión
directa de su sabiduría: De corazón a corazón,
de mente a mente. Gentes de todas las clases sociales, de
variada formación, de todas las edades, se sintieron tocadas
por esta experiencia. Miles de personas tuvieron la oportunidad de conocer
y acercarse a los maestros auténticos; unos por curiosidad, otros
por devoción. De todos aquellos que sacaron de las largas sesiones
de meditación y enseñanzas algo más que dolor de
rodillas y decidieron tomar refugio en el Buda y poner sus vidas espirituales
bajo su protección, surgieron las primeras comunidades budistas
en los países de Occidente, entre ellos España. Estos
fueron los protagonistas inconscientes del Momento Estelar.
Estas personas, pocas inicialmente, fueron creando, con esfuerzo, centros
de reunión para proteger las distintas tradiciones, como un deber
personal voluntariamente asumido, con el convencimiento del que sabe
que preserva un tesoro; y, así, fueron naciendo y creciendo numerosos
lugares de estudio y retiro.
Una de las características más hermosas y atractivas del
budismo, su apertura y capacidad de adaptación al medio cultural
y social en que se desarrolla, permitió que, a lo largo de la
historia, en los distintos países a los que llegó, adquiriese
una forma propia de desarrollo. A nuestro país, fueron llamados
maestros de diferentes tradiciones: el Zen desde el Japón, el
Vajrayana tibetano, y el Theravada desde el sureste asiático.
Cada estudiante fue a parar allí donde le llevó
el viento de su karma. Sin embargo, esta riqueza representaba, para
las primeras comunidades budistas de Occidente, una cierta debilidad
estructural ante las exigencias materiales y prácticas. Contrariamente
a lo que había sucedido con otras religiones expansionistas y
evangelizadoras, el budismo llegaba a España por el expreso deseo
de aquellas personas que iban a ser sus receptoras, contando sólo
con los medios de sus fieles, que tuvieron la oportunidad de comprobar
las dificultades materiales de pertenecer a un grupo religioso minoritario.
En nuestro país, para adquirir mayor entidad social y de grupo
ante la administración y los organismos legislativos, en el año
1990 se decidió crear una federación que agrupase a las
distintas tradiciones, de forma que, respetando las características
e independencia de cada una, se pudiera formar un Ente Político
compacto que las representara a todas. Trabajo de primeras piedras y
proyectos de futuro que algunos supieron ver como un paso necesario
e imprescindible, y que, si bien no iba a reportar frutos materiales
de inmediato, podría ser el punto de partida para un reconocimiento
del budismo en el ámbito social, con independencia de su arraigo
y número de practicantes.
Después de numerosas reuniones de trabajo e intentos ante la
administración, que rechazó el proyecto en dos ocasiones
por defectos de forma, el día 16 de Marzo de 1995 nacía
la Federación de Comunidades Budistas de España (FCBE),
con el doble propósito de contribuir a crear las condiciones
adecuadas en nuestro ámbito social para que todas las tradiciones
budistas, todos los maestros, todos los fieles, tuvieran su reconocimiento
y derechos equiparables a los de otras confesiones; y armonizar y hacer
confluir los diferentes senderos que nos llevan a transitar, de
nuevo, por el único, antiguo y noble camino del Buda.
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