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Notorio
arraigo
Antonio Mínguez
Cuando entramos
en contacto con los centros de dharma, nos sentimos cautivados, indefectiblemente,
por su ambiente: intuimos en ellos una promesa de paz. Tenemos en nuestras
vidas tanta agitación, tantos conflictos, tanta ansiedad, que
encontrar una isla de sosiego nos parece un milagro. Un centro de dharma
es un lugar donde los espíritus se ejercitan en la quietud y
el silencio. Son como parajes de otro mundo en medio del ruido
y de la furia. El ambiente de los templos, la media luz, el aroma
del incienso; el efecto benéfico de la meditación bajo
la dirección y consejo de los maestros unido a la energía
vivificante de sus enseñanzas, nos hacen pensar que hemos encontrado
el lugar ideal para reponer nuestras energías físicas
y mentales. Y así puede ser, y así es, si sabemos verlo
y apreciarlo.
Pero esos lugares idílicos no han surgido espontáneamente
en medio de las ciudades, son el fruto del trabajo, del tesón
y del sacrificio personal de muchos de sus miembros que, en su día,
vieron en ellos una posibilidad real de encontrar esa quietud en medio
de la agitación de la vida cotidiana, y, con generosidad y desprendimiento
absoluto, pusieron toda su energía en su desarrollo, ofreciendo
su esfuerzo para que otras personas pudieran descubrir los benéficos
efectos del dharma.
Desde el primer momento de su existencia, la creación y mantenimiento
de los centros presentó a sus inicialmente escasos miembros graves
obstáculos para su subsistencia y desarrollo. La dificultad de
encontrar locales adecuados en las grandes ciudades, su elevado coste,
y todas las demás necesidades propias de la vida material, suponían
un reto difícil de superar. Esto fue acogido como una enseñanza
más del dharma: iban huyendo de sus problemas personales,
buscando sólo un relax idílico y soñado
que les reconfortara de su cansancio en la lucha diaria, y se encontraban
con otros añadidos; y la lección era esa precisamente:
que, en este mundo samsárico*, el conflicto está con el
ser humano donde éste vaya, y el aprendizaje consiste en entender
esta obviedad de la que nos olvidamos con tanta frecuencia. Aprendían
a vivir en paz en medio de las dificultades y esto se hacía extensivo
a los otros aspectos de sus vidas.
Muchas personas generosas, soñadoras, idealistas, pero prácticas
y consecuentes, se pusieron manos a la obra para conseguir las mejores
condiciones para los centros y la práctica del dharma en nuestro
país, y con ese fin, entre otros, se fundó la Federación
de la que ya dimos noticia en el número anterior de Dharma. Entre
los objetivos de la misma figuraban, desde el primer momento, obtener
el reconocimiento pleno por parte de la sociedad para la fe y la práctica
budistas (más allá de los superficiales y condescendientes
sentimientos de tolerancia fundamentados en la vaga y generalizada
idea de que el budismo se trata de algo exótico y ajeno a nosotros),
y hacer consciente a nuestra sociedad de la importancia y trascendencia
de una religión con veinticinco siglos de existencia, que han
practicado millones de personas, y cuya filosofía e influencia
cultural también han formado parte de nuestros ancestros, aunque
el efecto totalizador de otras creencias haya velado, que no anulado,
su presencia.
Un paso más para alcanzar este ideal consiste en obtener de la
Administración el reconocimiento de Notorio Arraigo.
Esto es, para los no versados, un requisito previo que se exige para
que las religiones puedan negociar con el Estado acuerdos de tipo general
y particular. Ya fue solicitada y denegada en el año 2002, pero
sabiendo como budistas que las condiciones se renuevan y cambian de
continuo, que nada es permanente, el día 4 de Octubre de 2005,
tres antiguos miembros de la Federación, presidente, representante
y asesor legal, actuaron como embajadores de todos los budistas españoles
ante nuestras autoridades para presentar de nuevo dicha petición.
Sabemos que la decisión será tomada en razón de
múltiples y complejos factores enraizados en la historia y la
tradición de nuestra sociedad. Pero no desistiremos nunca en
nuestro empeño. Nuestro tesón nace de la creencia de que
todas las religiones, reveladas o develadas, son patrimonio de la humanidad
y que, con independencia del número de sus practicantes en cada
lugar y en cada época, deben coexistir en igualdad de condiciones
para sus fieles, sin discriminaciones ni privilegios.
*Samsárico: relativo al samsara, o existencia cíclica
en los seis reinos bajo el control del karma. En este caso se utiliza
en referencia a la vida terrena, cuya principal característica
es la insatisfacción, según la primera Verdad Noble del
Buda.
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