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Egoísmo genético

Vicente Carbona



L
a teoría del gen egoísta, propuesta por Richard Dawkins en el libro del mismo nombre, aporta pólvora intelectual que tiende a desmoronar conceptos anquilosados y provocar interesantísimos debates. Más allá de la veracidad de su propuesta, que como toda buena teoría científica es debatible y mejorable (la ciencia no acepta la fe), lo que instila es una sana dosis de inquietud que alienta al pensamiento crítico. Pero la historia de esta teoría comienza mucho antes, antes de las teorías de la evolución y la selección natural: comienza con el concepto mismo del origen de la vida.

El concepto de la abiogénesis ha sido discutido desde al menos el siglo VI ac. El diccionario de la RAE utiliza una especie de versión aristotélica en su definición: "Producción hipotética de seres vivos partiendo de materia inerte". De hecho, los sabios griegos muy anteriores a Aristóteles (384 ac) ya tenían otra definición, una que resulta que se acercaba más a la realidad tal como se entiende hoy día en círculos científicos. El DRAE confunde abiogénesis con heterogénesis (que, por cierto, no está en el diccionario. Heterogénesis: vida que emerge de los productos degradados o putrefactos de vida anterior.) Para describir abiogénesis, en lugar de "producción hipotética", debería decir al menos "generación espontánea", porque ahí está el filo de la navaja. Ya por tiempos del Buda, en Miletos (hoy Turquía), un pensador "occidental" llamado Anaximandros postuló que toda la vida surge de la naturaleza elemental del universo (apeirón). Este heleno se esforzó para explicar fenómenos que anteriormente se adscribían automáticamente a los dioses, fenómenos de los cielos, de la tierra, de la naturaleza.

Según Hipólitos, Anaximandros declaró que todas las criaturas fueron formadas en "lo húmedo", al entrar en contacto con el sol, y que en tiempos anteriores eran muy distintas a lo que son hoy. Este concepto pasó por varios otros pensadores griegos, como Anaxímenes y Xenófanes, hasta llegar a un individuo muy curioso, como veremos, que describió la abiogénesis de manera extraordinaria.

Pero primero veamos el punto en el que Aristóteles cometió su principal error. Fue cuando consideró que, aunque estaba de acuerdo en que la generación espontánea de seres vivos ocurría, le dio un giro hacia la heterogénesis: "…algunos (seres) vienen de tierra o vegetación putrefacta, como en el caso de ciertos insectos…", y fiel a su tangente dualista, asumió que la generación de otros seres, los supuestamente superiores, los que contienen una "fuerza animada" (de pneuma, o, en latín, ánima), además de los cuatro elementos básicos de tierra, aire, fuego y agua, tienen una "quintaesencia", el "éter" (por cierto, un concepto que perduró dos milenios antes de ser oficialmente descartado), que sigue definiéndose como "alma".

El error de Aristóteles yace en su empeño en creer que el universo está regido por una especie de teleología, la doctrina de las causas finales, que alega que todos los eventos naturales ocurren según leyes preestablecidas, y no por mera coincidencia. Esto muy fácilmente se convierte en teología (sobran dos letras), y pasa a ser, como increíblemente dice el DRAE, "Ciencia que trata de Dios y de sus atributos y perfecciones". Si lo de Aristóteles fue una extrapolación del concepto original de abiogénesis equivalente a un salto al vacío, lo de la RAE se pasa varias galaxias, intelectualmente hablando. No en vano el Vaticano (después de "perdonar" a Galileo, entre otros científicos) hoy defiende sin paliativos la teoría de la evolución darwiniana contra el "diseño inteligente" de los proselitistas estadounidenses más cerriles. No hacerlo sería demasiado. Pero volvamos a la abiogénesis.

El concepto de la generación espontánea adquirió una forma radical y muy extraña en manos de una especie de tulku griego llamado Empédocles, oriundo de Ákragas (Agrigentum, colonia griega en lo que hoy es Sicilia), allá por el 500 ac. "Ya he sido un niño y una niña, un arbusto, un pájaro y un pez mudo en el mar", dice en fragmentos que tenemos de sus escritos originales. Concepto éste, el de la reencarnación, que ya tenía adeptos griegos desde al menos Pitágoras (569 ac), y hay quien alega (sin pruebas) que éste lo adquirió durante sus viajes a India y Egipto.

Este Empédocles, que posiblemente estudió con Pitágoras (de ahí lo de tulku - ¿su reencarnación?), era un tipo raro en todos los sentidos. Hijo ricachón de un aristócrata griego (Metón), durante la revolución de su pueblo contra la aristocracia (la Tiranía de los Mil), se afilió al partido de los pobres para defender la democracia y les entregó toda su herencia. Se autodescribía como médico (alegaba poder devolver los muertos a la vida), mago, chamán, y hasta un dios viviente. Lo cierto es que muy pocos lo dudaban, y hasta se construyeron templos y erigieron estatuas en su honor.

Se dijo que salvó a su pueblo de una epidemia construyendo una barrera de pieles de asno para frenar los vientos insalubres que traían la enfermedad, dato corroborado por numerosos comentaristas de la antigüedad. Y otra ciudad cercana lo contrató para curar otra epidemia, que solucionó construyendo dos canales desde dos ríos cercanos para limpiar las acequias que sospechaba estar infectadas. En ambos casos el éxito fue total. Entre sus hazañas intelectuales, hallamos que: fue el primero en describir los cuatro elementos básicos de la naturaleza (aire, agua, fuego y tierra), que siguen formando la base de toda la ciencia física. Aseveró que la existencia perceptible de las cosas consiste en la atracción de partículas materiales a través del amor (fília), y se descompone, o cambia, a través de la pugna (neikos). También expuso la teoría de que la luz viaja a una velocidad finita (corroborada por Einstein más de dos milenios después). Y finalmente defendió la abiogénesis, pero no como lo hizo posteriormente Aristóteles, sino de una manera especial.

Empédocles declaró que con abiogénesis se refería a que la vida surgió en la tierra de manera totalmente espontánea, agregando que su evolución (nunca mejor usado el término) resultó de una serie de pruebas de combinaciones de partes de animales y otras formas de vida. Las combinaciones exitosas forman las especies que observamos, mientras que las fracasadas no lograron reproducirse. Henry Fairfield Osborn, en Desde los griegos a Darwin (1894), pensaba que ésta era una clara alusión a la selección natural. Otra clara y temprana alusión a lo que luego sería darwinismo fue la de quizás el único verdadero filósofo romano, Lucrecio (100 ac), que se apoyó en las tesis de Empédocles. Mucho más tarde Louis Pasteur, y hasta Charles Darwin seguían teniendo problemas con la abiogénesis, hasta el punto de verse obligado el último a incluir, en su segunda edición de El origen de las especies (1860) las palabras "por el Creador" para definir el origen de la vida. "Científicos" como el padre H. de Valroger aseguraban que la abiogénesis era una "creencia necesaria del ateísmo", y que "la acción del creador ha sido necesaria para la producción de los primeros seres vivos". El dualismo aristotélico y su pneuma seguían dominando el pensamiento de la época. Sin embargo, por un lado surgieron los vitalistas, que consideraban que "algo especial" daba vida a la materia, y por otro paulatinamente los materialistas, que pensaban que la vida era pura química.

Por fin en 1924, Aleksandr Oparin, en su obra El origen de la vida, propuso una teoría química para el origen la vida, y nació la bioquímica moderna. J. B. S. Haldane luego propuso que "los precursores de la vida fueron como virus, debido a la fermentación anaeróbica durante millones de años". Pero lo que realmente reenfocó la idea de abiogénesis y la generación espontánea de la vida fue el famoso ensayo de Crick y Watson (1953) sobre la estructura del ADN. Poco después, Stanley Miller ya hablaba de "Una producción de aminoácidos bajo condiciones posibles en la Tierra primitiva". Con sus experimentos, Miller confirmó la hipótesis de Oparin y comprobó que las moléculas necesarias para la vida pueden formarse de manera espontánea.

Recientes simulaciones experimentales de las condiciones químicas en la tierra anteriores a la vida han generado sustancias orgánicas como purinas y pirimidinas: las bases de las moléculas genéticas, o el ADN. Por algo lo llaman génesis. De repente, hace miles de millones de años, en una lúgubre ciénaga primordial llena de moléculas orgánicas, aparece lo más extraño de todo: el replicador, una molécula capaz de generar copias de sí misma. Siguiendo la lógica de una ley general anterior a la de la supervivencia de los que mejor se adaptan, la de la supervivencia de lo estable (la filia de Empédocles), estas moléculas se estabilizan y, replicándose, forman cadenas que les ayudan a aprovecharse mejor de los recursos ambientales naturales. Suena el pitido inicial.



"No hay necesidad de pensar en diseño o propósito o dirigencia. Si un grupo de átomos en presencia de energía asume un patrón estable, tenderá a permanecer así. La forma más temprana de selección natural fue sencillamente una selección de formas estables y un rechazo de formas inestables. No hay ningún misterio en ésto. Tuvo que suceder por definición", según Dawkins.

Estas moléculas replicadoras provocaron lo que hoy percibimos y definimos como evolución. Al replicarse, estas moléculas siguieron patrones fieles a su propia naturaleza, pero de vez en cuando surgieron "errores" en la copia, algunos de los cuales producían versiones menos estables, que desaparecían, pero también otros que producían versiones más estables, que no sólo sobrevivían, sino que competían mejor para seguir replicándose bajo las condiciones existentes. Aquí es importante señalar que sus descendientes modernas, las moléculas de ADN, siguen cometiendo errores ocasionales al replicarse. Las diferentes variedades de moléculas replicadoras emprendieron una pugna (el neikos de Empédocles) por la existencia, compitiendo entre sí mientras evolucionaban hacia formas cada vez más especializadas y más (aunque nunca del todo) estables. Cuidado: cuando hablamos de "competir" y de la "pugna", no pretendemos atribuir valores humanos al proceso. Obviamente las moléculas "no sabían que estaban compitiendo", dice Dawkins, "no se preocupaban por ello; la pugna se desarrollaba sin… sentimientos de ningún tipo". Obvio… y clave. De ahí el egoísmo genético.

Toda vida orgánica, plantas, animales, bacteria y virus, incluyendo (obviamente) los seres humanos, somos máquinas de supervivencia nacidas de la abiogénesis. Es decir: nuestros genes, compuestos de ADN, nos han creado para poder sobrevivir… ellos. El ADN vive en nuestros cuerpos, distribuido entre las células. "Esto significa que cualquier cuerpo individual (orgánico) es un vehículo temporal para una combinación de genes de corta vida," explica Dawkins. Lo de "corta vida" es relativo a la combinación de genes que nosotros portamos, no a los genes en sí. De hecho, los genes pueden existir miles y miles de años, según su particular egoísmo y éxito. Un gen puede ser descrito como "una unidad que sobrevive a través de un gran número de cuerpos sucesivos". Es decir, se reencarna.

Entonces la pregunta obvia es: si se observa la vida terrestre desinteresadamente (sin apelar a la fe), ¿no son los genes la forma de vida más exitosa y más sublime del planeta? Las posibles consecuencias de este argumento son asombrosas.

Entre ellas podemos destacar las reacciones de Empédocles:

"¡Oh estirpe mortal! ¡Oh pobres hijos de la tristeza! ¡Surgidos de tantas discordias y tantos lamentos! (…) ¡De qué gran honor y qué altura de felicidad he llegado a parar aquí, caído, para moverme con los mortales!".

En términos genéticos, aunque desafortunadamente no en términos intelectuales, todos somos tulkus de Empédocles.

En el principio, apeirón, la naturaleza elemental del universo, tuvo que existir por definición.






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