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Sensibilidad química



Vicente Carbona

Vivimos en un mundo tóxico. Los compuestos químicos antropogénicos (creados por el hombre) impregnan el medio ambiente y provocan reacciones inexplicables e inexplicadas en los organismos naturales, desde el cuerpo humano hasta el sistema ecológico global: la biosfera. Vivimos en una sociedad industrial en la que el uso inapropiado y excesivo de productos químicos, la falta de investigación y testeo de sus posibles efectos y consecuencias, y su desecho o simple abandono indebido generan un riesgo en la salud de millones de personas y amenazan con auténticas catástrofes futuras. La química industrial genera productos cada vez más "novedosos" para competir en los mercados, y en la mayoría de los casos las posibles reacciones de los organismos ante estos productos no son evaluadas adecuadamente.

Cada año, según estimaciones, se introducen más de 2.000 compuestos químicos en el medio ambiente, en la mayoría de casos sin ningún tipo de regulación, y sin evaluar sus posibles efectos secundarios. Aunque la medicina moderna ha logrado erradicar o al menos controlar casi todas las enfermedades contagiosas en los países ricos, las nuevas amenazas a la salud física y mental del ser humano provienen del medio ambiente, específicamente de sustancias químicas creadas por el hombre e introducidas en un ecosistema que no está ni diseñado ni preparado para procesarlas y paliar sus efectos nocivos. Todo en nombre de un progreso cuestionable.

Este concepto de progreso se presenta dudoso cuando comparamos los beneficios a corto plazo que ofrecen estos compuestos químicos con los palpables perjuicios a largo plazo, sin contar los potenciales peligros que desconocemos pero que cada vez más expertos auguran. A todo esto debemos agregar que mientras relativamente pocos seres humanos se benefician de este "progreso", la vasta mayoría no lo disfruta. Y que los perjuicios, actuales y eventuales, los hemos de sufrir todos. Visto desde este ángulo, este progreso es un lobo vestido de oveja. En pocos años hemos "progresado" de usar materiales naturales como la madera, a compuestos laminados como la melamina, que contienen conservantes, retardantes de fuego y altas concentraciones de organoestánicos como formaldehídos. De lana, algodón y lino, hemos pasado a poliésteres con diversos químicos que aumentan peligrosamente la carga tóxica total.

Nuestros hogares y edificios contienen cada vez más muebles, alfombras, electrodomésticos, ofimática y sistemas de acondicionamiento del aire que multiplican la toxicidad general ambiental. ¿Qué es la sensibilidad química? La sensibilidad química (SQ) es una respuesta anormal del organismo a un estímulo químico ambiental, como una respuesta del sistema inmunológico a la exposición a los tóxicos presentes en perfumes, tabaco, humos de los coches, materiales de imprenta, productos de limpieza, etc. Esta respuesta anormal del organismo se debe, casi siempre, a la reacción del cuerpo hacia compuestos orgánicos que contienen carbono: alifáticos y aromáticos. También existen compuestos sulfatados, amoniados y clorinados, capaces de provocar reacciones de tipo alérgico. Todas estas reacciones pueden combinarse para crear un auténtico infierno para las personas particularmente susceptibles.

La sensibilidad química múltiple, también conocida por sus siglas en inglés MCS (Multiple Chemical Sensitivity), sigue bajo debate en la comunidad médica. En España, este fenómeno es prácticamente desconocido y, en muchos casos, deliberadamente ignorado. Algunos médicos de países con una mentalidad sanitaria más avanzada, aunque cuestionan si se puede considerar una enfermedad definida, reconocen que es un compendio de desórdenes médicos desencadenado por la exposición a químicos en el medio ambiente. La sensibilidad química múltiple a menudo comienza con la exposición grave a una sustancia química por un período de corta duración, tal como un derrame químico, o una exposición de duración más larga, tal como una oficina mal ventilada. Existen tres tipos de desórdenes relacionados.

Además de la sensibilidad química múltiple (MCS), está la sensibilidad eléctrica (Electrical Sensitivity: ES), cuando una persona reacciona ante campos electromagnéticos en el medioambiente, o ante frecuencias sonoras, llamado "hiperacusis". El último se llama enfermedad medioambiental (Environmental Illness: EI), que es cuando una persona sufre reacciones a sustancias ambientales que pueden incluir el asma, alergias y/u otras sensibilidades químicas. En España se tiende a considerar que las personas que presentan síntomas de sensibilidad química son farsantes, o peor.



Por ejemplo, Jordi Obiols Quinto, en un documento del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, dice: "Muchos pacientes con un diagnóstico de 'enfermedad ambiental', realizado por 'ecólogos clínicos', han sido diagnosticados, por otros especialistas de la correspondiente especialidad, como aquejados de un trastorno de tipo psiquiátrico, ansiedad o depresión, aunque estos diagnósticos son sistemáticamente rechazados por el propio paciente. Muchas de las personas afectadas ya presentaban, con anterioridad al momento del estudio, dificultades psicológicas, incluyendo la depresión, ansiedad, somatización, estrés y enfermedades funcionales relacionadas con el estrés". Con esa mentalidad, las personas que se quejan de estas enfermedades no reciben ni el tratamiento adecuado, ni el respeto mínimo que merecen. Sin embargo, a pesar de las posturas tradicionales u oficiales, en España también existen muchos profesionales que están al tanto de los progresos en el campo de la sanidad mundial y ofrecen tratamientos adecuados y comprensivos.

En este sentido, en países más ilustrados, también se están estudiando y clasificando grupos de síntomas parecidos, relacionados con alimentos genéticamente modificados, y su manifestación como alergias de diversos tipos. "El público en general no conoce suficientemente la presencia de alergias a alimentos, que matan entre 150 y 200 estadounidenses cada año", dijo el Dr. Steven Taylor, quien investigó el tema durante la década de los 90 en la Universidad de Nebraska. A este número de fallecidos y a los millones de afectados en todo el mundo por alergias alimenticias, deberíamos sumar las personas sensibles a los tóxicos medioambientales, que lamentablemente son cada vez más numerosos. Aunque los médicos sigan debatiendo su existencia, las estadísticas son impresionantes.

Por ejemplo, más de cinco millones de ciudadanos estadounidenses "han tenido que cambiar sus vidas radicalmente para acomodarse a su sensibilidad química", según Cynthia Wilson, del Chemical Injury Information Net-work (cin.org). "Más del 12% de la población estadounidense manifiesta senbilidad extrema a bajos niveles de químicos comunes", según un estudio en Environmental Health Prespectives (ehp.niehs.nih.gov/press /12pop.html), que también denuncia que casi un 2% de la población ha perdido su empleo como resultado de esas reacciones extremas. En España, las autoridades sanitarias siguen eludiendo el problema, por lo que no se dispone de datos reales. Historia de la sensibilidad química humana La preparación y enlatado (o enfrascado) de alimentos comenzó en 1795 con Nicholas Appert, quien ganó el premio de 12.000 francos ofrecido por Napoleón para el primer chef que lograra evitar que las vituallas del ejército se estropeasen. Logró enfrascar carnes y vegetales sellándolos con alquitrán, y en 1804 estrenó su primera fábrica. Ese secreto militar pronto fue descubierto por los ingleses, y en 1810 Peter Durance patentó el uso de contenedores metálicos.

Los ejércitos ingleses en Waterloo ya llevaban raciones enlatadas. A principios del siglo 20, en Estados Unidos, el procesamiento de alimentos pasó finalmente de los hogares privados a la industria comercial, y en nuestro país, después de la Guerra Civil el procesamiento de alimentos entró con creciente fuerza hasta imponerse definitivamente. Por esas fechas también comenzó el uso de conservantes químicos. El Congreso estadounidense en 1906 aprobó la primera ley para la protección de los consumidores (prohibiendo el comercio interestatal) contra alimentos, medicinas y cosméticos adulterados, mal etiquetados, venenosos o estropeados. Esta legislación fue actualizada en 1938, tras varios incidentes que causaron la muerte de muchas personas. Pero el uso de químicos compuestos siguió en aumento en todo el mundo hasta abarcar técnicas para la producción de bebidas, fármacos, cosméticos, textiles, mobiliario, productos de limpieza, que pronto dominaron el mercado. Este increíble crecimiento de productos potencialmente tóxicos se llevó a cabo de forma incontrolada, hasta llegar a niveles de contaminación que provocan enfermedades crónicas y agudas entre la población.

La profesión médica se vio sorprendida por los elevados porcentajes de afectados que comenzaban a observarse, y con ellos los organismos sanitarios gubernamentales por todo el mundo. Sin embargo, el nivel total del impacto de estos agentes químicos sobre el organismo humano se ha tomado en serio sólo muy recientemente.

En 1952, el alergista Theron G. Randolph publicó un informe en el que describía a un grupo de pacientes que sufría de síntomas causados por químicos presentes en el medio ambiente, en sus hogares y en sus lugares de trabajo. Asumió que la causa era una especie de reacción de estrés debida a ser expuestos a compuestos orgánicos como disolventes, petróleo, perfumes, gases y humos, y llamó a esta nueva rama de estudio "ecología clínica". Randolph dijo: "Una vez establecida la susceptibilidad a una faceta de este ambiente químico, la facilidad con que ocurren reacciones cruzadas a materiales de génesis común tampoco se entiende muy bien. Y vista la rapidez con que la creciente presencia de químicos en el medio ambiente está ocurriendo, las enfermedades crónicas presentadas por las personas susceptibles deben ser consideradas simples advertencias para los problemas más generalizados, endémicos y relacionados con el medio ambiente, de mañana". "Cuanto más rápida es la absorción de materiales a través del tracto gastrointestinal, el sistema respiratorio, o la piel, más potencialmente peligrosas podrán ser varias sustancias para las personas sensibles.



Esto es verdad cuando hablamos de materiales de origen químico y biológico". ¿Cuáles son los síntomas? Los síntomas de la sensibilidad química son individuales a cada persona, e incluyen: estornudos, falta de respiración, ojos irritados, mucosidad en la nariz, debilidad muscular, dolor en las articulaciones, dolor de cabeza, fatiga, depresión, desorientación, irregularidades cardíacas, erupciones en la piel, etc. Mientras que las alergias suelen ser el resultado de una hiperreacción del sistema inmunológico ante sustancias normalmente benignas, tales como polen o mariscos, las sensibilidades químicas son provocadas por reacciones a toxinas. Por ejemplo, los perfumes contienen hasta 4.000 químicos distintos, una gran parte de ellos provienen del petróleo y muchos contienen algún nivel de toxicidad. El formaldehído se usa en muebles y en materiales de construcción; el aire contiene compuestos nitrosos, hidrocarbonos tóxicos. El estrés también empeora las sensibilidades químicas y las alergias, reduciendo la capacidad del sistema inmunológico y provocando hiperreacciones en el cuerpo.

La mejor manera de poder vivir, o evitar la sensibilidad química es eliminar, bloquear o evitar las sustancias nocivas en el ambiente inmediato, y fortalecer el sistema inmunológico con alimentos sanos, ejercicio físico y métodos para minimizar el estrés. Toxicidad generalizada Nuestros alimentos y bebidas contienen cada vez más altas concentraciones de pesticidas, herbicidas, toxinas y aditivos nocivos que ingerimos y que pasan al medio ambiente y nos privan de los nutrientes naturales que podrían paliar los efectos que provocan. Con insecticidas y otros productos químicos declaramos la guerra contra el mundo natural eliminando insectos que en muchos casos son absolutamente esenciales para la preservación de la biosfera.

Con las organoclorinas (como el DDT) y los supuestamente "mejores" organofosfatos estamos experimentando problemas de salud como cánceres y trastornos del sistema nervioso central. Se estima que durante la década de los 80, sólo la industria química estadounidense vertía unos 22 mil millones de compuestos tóxicos al aire, a la tierra y a las aguas cada año, cifra que ha ido creciendo exponencialmente. Hoy, más de la mitad de los elementos contaminantes que existen en la atmósfera son antropogénicos. También vivimos con la ilusión de que los productos químicos que nos rodean, desde productos de consumo hasta ingredientes secundarios, han sido testados para proteger al público de sus posibles efectos dañinos. La verdad es que la vasta mayoría de estos productos nunca ha sido testado y no existen regulaciones fiables que controlen su propagación. El principal problema que acecha a nuestra sociedad industrial moderna es que existen más de 4 millones de compuestos químicos cuyos efectos, aislados y en combinación con otros, son impredecibles.

Entre ellos, existen los inorgánicos, como el ozono, el monóxido de carbono, el óxido nitroso, el dióxido de azufre, metales pesados y otros metales; y los orgánicos, como los pesticidas, formaldehídos, disolventes como tolueno y xileno, fármacos, terpenes (hidrocarburos vegetales), químicos de limpieza, humo de tabaco, productos combustibles, productos de consumo (ropa, materiales de construcción, productos de higiene, etc.) y compuestos biológicos (toxinas de moho). Los compuestos orgánicos más tóxicos son los clasificados como aromáticos halogenados y los hidrocarbonos alifáticos.

El primer paso para resolver un problema es reconocer su existencia. Los datos revelan que la sensibilidad química es un fenómeno real, y que va en aumento, especialmente en países "desarrollados". Aunque las autoridades y los expertos sean incapaces de ponerse de acuerdo sobre cómo llamar oficialmente a este fenómeno, cómo clasificarlo o catalogarlo, es evidente que las personas que lo sufren no se lo están imaginando, sino que padecen un problema real que tiene soluciones y tratamientos específicos. Además del tratamiento básico que se ofrece a estas personas, ya sea a través de la farmacopea tradicional, la psicología o los tratamientos más holísticos, se debería plantear un programa pragmático para educar a las personas sobre los peligros potenciales, las causas objetivas, y los remedios naturales existentes. Como dijo Benjamin Franklin: "Una onza de prevención vale una libra de curación". Más castizamente: "Más vale prevenir que curar".


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