revista dharma
 

Por Carme Bosch

Foto: Josep M.Oliveras

En el municipio de Tuxén, perteneciente a la comarca leridana del Alto Urgel, existe un pequeño museo que guarda memoria de un oficio ya desaparecido: el oficio de las trementinares.

Este era el nombre con el que eran conocidas en toda Cataluña las mujeres de Tuxén y el valle de La Vansa que, cargadas de hierbas medicinales y de resinas de diferentes coníferas, se echaban a los caminos, desde sus pequeñas aldeas, para vender estos remedios a los habitantes de las zonas rurales.

El valle de La Vansa es una preciosa tierra regada por las aguas del río que le da nombre, y está situado en medio de varias sierras montañosas que superan los dos mil metros. Es un terreno de prados y bosques, con poca presencia de tierras de labor y una rica y variada vegetación.

El muérdago crece frondoso sobre el tronco de la mayor parte de los pinos, al tiempo que la gayuba alfombra la tierra de los pinares. En las rocas calcáreas podemos encontrar la oreja de oso y la corona de rey. En La Plana, camino del Coll de La Mola, se elevan los abetos cargados de resina; y en la parte alta del Cadí se encuentran las hojas estrelladas y festoneadas de blanco del pie de cristo. Cerca del agua, en las zonas umbrías, viven las consueldas del bosque; en los márgenes de muchos caminos crecen las milflores, la ajedrea, el hipérico, la artemisa, el ajenjo y la eufrasia; en medio de los prados brota el tomillo, a veces con suave fragancia a limón; y en las vertientes orientales se encuentran grandes matojos de lavanda y de abrótano hembra. En Coll de Porc, el tusílago y la carlina angélica compiten por el suelo. Y a la sombra del saúco y del guillomo crece la valeriana.

Las mujeres de este valle conocen las virtudes medicinales de las plantas y de los árboles que crecen en su entorno. Este conocimiento es patrimonio femenino desde tiempo inmemorial, y se transmite de madres a hijas, junto con las recetas de cocina y los secretos para la ‘colada’.



No existe documentación donde se explique desde cuándo las trementinaires convirtieron este saber en un oficio ambulante. Las últimas mujeres que lo ejercieron han explicado que lo aprendieron de sus abuelas y que éstas lo habían aprendido a su vez de sus propias abuelas. Han contado que las mujeres de su famila siempre habían ‘ido por el mundo’. En el valle de La Vansa, el oficio de trementinaire se denomina ‘anar pel món’ (ir por el mundo); y era normal que cualquier mujer que gozara de buena salud lo practicara. Únicamente las mujeres de casa rica permanecían sin salir del valle.

En una economía familiar y agrícola de subsistencia el ingreso que aportaban estas mujeres era muy importante; en muchas casas el único dinero que entraba era el que ellas conseguían.

Su faena seguía el ciclo natural de las estaciones: a partir del mes de mayo, y durante todo el verano, se dedicaban a la recolección de los diferentes productos de la tierra. En los desvanes de sus casas almacenaban las flores y las hojas que recogían para que el aire de la montaña las secara con rapidez, y una vez secas las metían en bolsas de tela. Luego, durante los días más cálidos del verano, se subían a los abetos para extraerles la trementina (resina). Y a partir del mes de agosto se dedicaban a la recogida de las setas, que ensartaban en ristras de hilo de algodón y ponían también a secar.

Cuando llegaba el otoño las trementinaires iniciaban su periplo por las comarcas catalanas para vender sus productos y aplicar ungüentos y cataplasmas a los enfermos. En casa dejaban a las criaturas al cuidado del hombre y de las abuelas, y ellas bajaban al llano, hacia la costa, por sendas y caminos.

Iban siempre por parejas. La de más edad era la que sabía el oficio y la más joven hacía de aprendiza. Sobre la espalda cargaban una especie de mochila de tela, hecha con un pañuelo de envolver y unas ligaduras, repleta de bolsas de hierbas. Y colgadas de los hombros llevaban las latas llenas de trementina, de resina de abeto y de resina de enebro. Por Navidad regresaban a casa y hacia febrero hacían otra salida que duraba hasta Pascua.

Cada pareja recorría, año tras año, la misma ruta y se alojaba en las mismas casas donde lo habían hecho sus predecesoras. Los trayectos se mantenían en secreto, ya que los vínculos establecidos por sus progenitoras con los habitantes de las casas en las que se alojaban y los clientes a quienes vendían sus productos eran fundamentales para la buena marcha del oficio.

Mucha de la gente mayor de los pueblos de Cataluña todavía recuerda a aquellas mujeres fuertes y valientes que aparecían cargadas de aromas de montañas y de sabiduría. Las trementinaires siempre eran bien recibidas, y sus remedios y consejos muy escuchados. La confianza en sus productos se basaba en el uso tradicional de las plantas para tratar las enfermedades.

La llegada de la medicina a los núcleos rurales y la mejora en la comercialización y distribución de los fármacos provocó la desaparición de las trementinaires a mediados del siglo XX. Las últimas mujeres que ejercieron este oficio de ‘ir por el mundo’ trabajaron más para curar a los animales que a las personas, por lo que sus rutas se fueron restringiendo a las zonas agrarias y poco a poco su prestigio acabó por desaparecer.

Esta sabiduría popular y de remedios caseros dejó de transmitirse a pesar de haber estado tan arraigada en nuestra cultura. En realidad, se trataba de un saber que no era patrimonio exclusivo de las trementinaires, quienes fueron únicamente un caso particular del oficio. Estos conocimientos han pertenecido siempre a la mayor parte de las mujeres, ya que ellas han sido tradicionalmente quienes han velado por la salud de la familia.



Plantas y resinas que comercializaban y sus usos

Las trementinaires recibían este nombre porque los productos más solicitados de todos los que llevaban eran la trementina de abeto y la de pino. Se trataba de unas resinas secularmente utilizadas en la preparación de ungüentos curativos. Es más que posible que en las casas de nuestros antepasados siempre hubiera a mano un bote de trementina.

El uso más habitual de la trementina era en forma de cataplasmas. Se untaba un pequeño trozo de tejido de algodón o de lino, o incluso un trozo de papel de estraza, y se colocaba sobre la zona afectada o dolorida. Este emplasto se recubría con otras piezas de tela y se dejaba hasta que se desprendía por sí mismo de la piel. Las trementinaires decían que “la trementina chupa el mal interno y lo saca afuera”.

Estos emplastos se usaban siempre que no hubiera herida abierta. Se utilizaban para combatir inflamaciones y cualquier tipo de dolor: golpes, esguinces, torceduras, picaduras de insectos o de reptiles; así como para extraer las espinas o las astillas de madera clavadas en la piel. También servían para curar las infecciones pulmonares y bronquiales; en este caso, la cataplasma cubría toda la zona de los pulmones, tanto por la parte delantera del pecho como por la espalda.

Aceite de abeto
Las trementinaires daban este nombre a la resina de abeto (Abies alba Miller), aunque en otras zonas de Cataluña se le conoce como ‘trementina de abeto’ o ‘trementina verdadera’. Para obtenerla hay que subirse a los abetos y reventar, una a una, las pequeñas ampollas que se forman en el tronco y que en los meses de calor están repletas de resina. Las trementinaires utilizaban el canto afilado de una esquila para estallar esas ampollas, y recogían su contenido con la misma esquila. Se trataba de una operación muy entretenida, ya que de cada ampolla no se obtenía más de una o dos gotas. De cada abeto se extraía la resina durante dos años seguidos, y se le dejaba recuperarse durante otros dos o tres. A menudo eran los hijos de la trementinaire los que hacían este trabajo en lo alto del abeto.

El precio de este ‘aceite’ siempre fue muy elevado. A principios del siglo XX una onza (33 grs.) se pagaba a 80 pesetas. En 1990 rondaba las 50.000 pesetas el kilo.

Usos del aceite de abeto
Se utilizaba externamente para hacer emplastos. Solía mezclarse con aceite de oliva, grasa de cerdo o cera de abejas. Era considerada la trementina de más calidad.

También se ingería, mezclado con un poco de azúcar. Servía para prevenir y curar las enfermedades pulmonares y las úlceras de estómago. Era una costumbre muy extendida tomar aceite de abeto a principios del invierno, durante nueve días seguidos, a modo de prevención de los constipados. Se dejaba caer una gota de trementina sobre el azúcar, se hacía una bolita y se tomaba.

Trementina de pino
Se obtiene a partir de las muescas o incisiones que se practican en el tronco de los pinos. Justo debajo se cuelgan las cazoletas para recoger el líquido que fluye. Esta resina se purifica exponiéndola al sol y luego se filtra. La recolección dura desde el inicio de la primavera hasta el otoño. Cada árbol se sangra durante quince o veinte años. Todas las especies de pinos exudan resina.

De la destilación de la trementina se obtiene la ‘esencia de trementina’ o ‘aguarrás’. Y como residuo sólido de este proceso queda la ‘pega grega’ o colofonia (el ámbar).

Las últimas trementinaires ya no extraían ellas mismas la trementina de los pinos, sino que compraban la colofonia en las droguerías y mezclaban los dos componentes (colofonia y aguarrás). El proceso era el siguiente: fundían la colofonia calentándola a fuego lento y removiéndola sin pausa, e iban añadiendo aceite de oliva, grasa de cerdo o cera de abeja. Cuando todo estaba mezclado de manera homogénea añadían el aguarrás fuera del fuego. Fabricaban la trementina antes de iniciar su periplo, o incluso durante el camino, si se les acababa.

La trementina de pino que elaboraban las trementinaires era la que se utilizaba más comúnmente para hacer emplastos, ya que tenía un precio más asequible que la de abeto, debido a su fácil obtención.

Usos de la trementina de pino
Esta trementina de pino elaborada por las trementinaires sólo se utiliza para emplastos. En ningún caso se ingería, como se hacía con la de abeto.

A partir de la trementina como materia base, cada trementinaire elaboraba sus propios ungüentos.



He aquí una receta de María Majoral ‘La Tamastima’, de Cornellana:

La pomada de trementina se preparaba mezclando yema de huevo, una onza de trementina lavada nueve veces, dos cucharadas de azúcar, dos cucharadas de miel y una cucharada de grasa. Se fundían todos los ingredientes hasta que quedaba una pasta con consistencia de pomada. Esta pomada se usaba para bajar la inflamación de las heridas y cicatrizarlas, evitando así infecciones.

La pega negra
El último aprovechamiento que se hacía del pino era la obtención de la ‘pega negra’. Esta faena la hacían los ‘pegaires’, aprovechando los tocones que quedaban en las pinadas acabadas de talar. Algunos de los hombres de este valle trabajaban de pegaires, oficio que también implicaba cierto nomadismo, ya que las collas de trabajadores se trasladaban a hacer ‘pega’ por las propiedades forestales de toda Cataluña.

Los pegaires obtenían su producto de las teas (astillas muy impregnadas de resina) de los tocones de los pinos, para lo cual las colocaban de pie dentro de los hornos de hacer pega. Las teas se consumían lentamente e iban soltando su resina. Una vez extraída, la resina volvía a cocerse para obtener la pega negra. Era un proceso largo y muy delicado.

A menudo las collas de pegaires tenían vínculos familiares con las trementinaires. Muchos pegaires eran hermanos o maridos de trementinaires, de modo que ellas se dedicaban también a la venta de la pega negra.

Usos de la pega negra
Se utilizaba para curar a los animales. Básicamente para las enfermedades de la piel; y en especial para inmovilizar los miembros fracturados, ya que al secarse se solidificaba e impedía el movimiento. Realizaba la misma función que hace hoy la escayola.

Las personas la usaban, mezclada con aceite de oliva, para curar quemaduras. Se fundía al fuego a partes iguales. Se untaba una pieza de tela de lino con esta mezcla y se colocaba encima de la quemadura. El emplasto se cambiaba tres veces al día.

Antiguamente la pega negra se usaba para embadurnar las embarcaciones y las botas de vino, en los trabajos de injerto con los árboles frutales, y los carpinteros y zapateros la hacían servir también a modo de cola.

Aceite de enebro blanco (Juniperus oxicedrus L.)

Los pegaires del valle de La Vansa obtenían este aceite de la destilación del tronco del enebro blanco. Era una sustancia espesa, de olor penetrante.

Usos del aceite de enebro
Se utilizaba fundamentalmente por vía externa para matar la sarna en los animales, y para otras enfermedades diversas.
Además, se les daba a los niños, mezclado con una gota de azúcar, para sacarles las lombrices.

Muérdago
(Viscum album)
El visco es considerado en la actualidad como una planta tóxica y ya no se usa en fitoterapia. Las trementinaires la usaban como calmante nervioso en pequeñas dosis, y recomendaban este preparado.

Aceite de Muérdago
Preparación: una onza y media de hojas de muérdago, un litro de agua, nuez moscada, una rama de canela, una medida (tipo) de chocolate, tres cucharadas de azúcar, un paquete de azafrán y un ‘chorrito’ de trementina de abeto. Una vez hervido todo, se pone en una botella y se deja 9 días al sol y la serena. Ha de removerse cada día.

Usos del aceite de Muérdago
Para tranquilizar los nervios. La dosis adecuada es un ‘vasito’ dos veces al día, durante 8 ó 9 días.

Vino de Muérdago
Preparación: un litro de vino, hojas de muérdago, nuez moscada y canela. Dejar reposar 9 días al sol y la serena.

Usos del vino de muérdago
Una cucharada en ayunas como reconstituyente.

Hisopo
(Hissopus officinalis L.)

Usos
La tisana de hisopo se usa para el dolor de cabeza. También se consideraba beneficiosa para el hígado y se decía que ‘feia tornar el ventre el lloc’ (hacía volver el vientre al sitio). A veces se mezclaba con chocolate.

Agrimonia
(Agrimonia eupatoria L.)

Usos
La tisana de agrimonia mezclada con hojas de nogal y de romero bajaba la tensión.

Ajedrea
(Satureja montana L.)

Usos
Se utilizaba para condimentar platos pesados, ya que ayudaba a la digestión.

Salsufragi
(Siline saxifraga)

Usos
Se tomaba como tisana para las infecciones de orina. Deshace las piedras de la vejiga y facilita su expulsión.

Té de roca
(Jasonia saxatilis)

Usos
La infusión de flores de este té se usaba como digestivo.

Tilo
(Tilia platyphylos)

Usos
La tisana de tila se tomaba para calmar los nervios y el dolor de cabeza.

Guillomo
(Amelanchier ovalis)

Usos
La tisana de las flores de guillomo era usada para bajar la tensión.

Oreja de oso
(Ramonda myconi)

Usos
La tisana de oreja de oso se usaba como expectorante y para curar la tos más pertinaz; y también para calmar las hemorroides. Se elaboraba dejando previamente macerar las cenizas de las hojas en aceite de oliva.

Milflores
(Achillea millefolium)

Usos
La tisana de milflores se utilizaba contra la fiebre, la tos y los resfriados. También servía como tónico general.

Pie de cristo
(Potentilla alchimilloides)

Usos
La infusión de pie de cristo es diurética y se tomaba antes de ir a dormir y en ayunas.

Valeriana
(Valeriana officinalis)

Usos
La infusión de valeriana, decían las trementinaires que era buena para el ‘mal de madre’ (las dolencias del útero).

Carlina Angélica
(Carlina acantifolia)

Usos
Curaba las almorranas.

Consuelda
(Symphytum officinale)

Usos
Los emplastos de consuelda se hacían para los ‘carnesqueixats’ (desgarrones musculares). Es excelente para recuperar un hueso. En un trapo se pican bien las consueldas y se empapan de aguardiente fuerte.

Hierba de la Purga
(Euphorbia lathyris L.)

Usos
El agua de la hierba de la purga es un poderoso laxante.

Haya
(Fagus silvatica L.)

Usos
El agua de las hojas de haya abre el apetito.

Corteza de fresno
(Fraxinus excelsior)

Usos
La infusión de corteza de fresno es un laxante suave, muy indicado para las criaturas. También es bueno para el dolor.


Nota de la autora:
“Tisana”, “infusión”, y “agua” son términos sinónimos, e indican que las plantas se han echado en el agua cuando rompe a hervir, apagando inmediatamente el fuego y dejando reposar unos cinco minutos.

La palabra “decocción” describe las plantas hervidas en el agua durante el tiempo prescrito para cada planta.

“Macerar” es dejar reposar una planta en cualquier líquido (aceite, agua, alcohol, vino, etcétera) un tiempo, para que destile las sustancias que contiene.

ARRIBA

Trementinaires: medicina ancestral
ÍNDICE
PRINCIPAL