revista dharma

Las emociones y el mantra de las seis sílabas

Lama Tsondru



En el Tíbet se practica mayoritariamente el budismo tántrico o vajrayana, que, basado en el budismo tradicional mahayana, aporta técnicas de meditación que son medios muy hábiles para trabajar con los problemas personales. De entre ellas, hablaremos de las deidades y los mantras.

En la iconografía tibetana observamos muchas deidades diferentes, algunas pacíficas, otras furiosas, que llevan al neófito a preguntarse si el budismo es politeísta. Las deidades personifican diferentes cualidades de Buda que existen, latentes o despiertas, en cada uno de nosotros. Invocando la energía de estas deidades o bien identificándonos con ellas, podemos ir despertando nuestro potencial y convertirnos así en budas, que es lo que hemos sido desde siempre. Cada deidad posee su mantra. Los mantras son sonidos sagrados que representan el nombre de la deidad. Al recitarlo una y otra vez, la estamos invocando. La deidad está en nosotros y la recitación del mantra la despierta.

De todas las deidades, Avalokiteshvara (Chenresi en tibetano) es la más practicada y venerada, siendo la personificación del amor y la compasión de todos los budas y sus hijos espirituales, los bodhisatvas. Su mantra es considerado el rey de los mantras. Los tibetanos lo recitan continuamente pasando las gastadas cuentas de sus rosarios, ya que es el mantra que aporta más beneficios. Se le llama mani y se pronuncia: OM MANI PEME HUNG

La razón por la que el mani es considerado tan importante es porque despierta nuestra capacidad de amor puro hacia todos y hacia todo, y también nuestra compasión y el poder para ayudar realmente a los demás. Purifica la mente de tal manera que transforma las emociones conflictivas, que son la causa de todos nuestros problemas. Entendemos por emoción conflictiva cualquier estado mental que perturbe la claridad natural de la mente, no dejándonos ver las cosas tal como son, sino distorsionándolas e impulsándonos a actuar de forma compulsiva, con el consiguiente daño que ello provoca.

En nuestra vida nos encontramos muchas veces en circunstancias en las que nuestros estados emocionales nos superan. Nos hacen salir poco airosos de las situaciones. Quedamos mal, padecemos terriblemente y les hacemos la vida imposible a los que nos rodean. ¿Quién no ha pasado alguna vez por un infierno de celos, de odio o de resentimiento? ¿Quién no conoce la incomodidad, por decir algo, del deseo exagerado, del orgullo herido o de un carácter agresivo?

Existe una gran variedad de estas emociones, siendo las más importantes: ira-odio-resentimiento, deseo, estupidez-limitación-ignorancia, orgullo, envidia-celos, codicia-avaricia.

Todas las demás emociones conflictivas son una combinación de estas seis.

El Buda dijo que estos estados emocionales son como venenos mentales, velos que cubren nuestra verdadera naturaleza y que no nos dejan ver claramente la realidad. Y aunque no se hagan manifiestos todo el tiempo, su semilla está enraizada en nosotros de tal manera que, cuando surge el detonante adecuado, se manifiestan con presteza. Todas las prácticas de meditación budistas tienen como objetivo, directa o indirectamente, trabajar con estos velos, para hacerlos cada vez más sutiles y, finalmente, transformarlos en lo que realmente son: sabiduría primordial. En general, el objetivo de la meditación es desarrollar un estado mental tranquilo y claro, sereno y lúcido, y mantenerlo durante todo el día. De esta forma el meditador consigue ser consciente de lo que pasa por él, y en cuanto empieza a surgir el aguijón de un estado mental negativo, lo ve y puede decidir lo que quiere hacer con él: alimentarlo con diversos pensamientos hasta que se desborde y se exprese al exterior; o bien reprimirlo y guardarlo. Pero el meditador sabe que ninguna de estas dos cosas es la solución. Ambas hacen daño y perpetúan la tendencia a seguir reaccionando de la misma manera. El meditador se convierte en el observador de su estado mental, dejando que la tempestad se apacigüe por sí misma al no alimentarla con nuevos pensamientos. Además de practicar esta técnica, se utiliza también la práctica de Avalokiteshvara, o Chenresi, y la recitación de su mantra, el mani mantra.

Aunque el mantra purifica y transforma todos los estados mentales negativos, se dice que cada una de sus seis sílabas trabaja directamente con cada uno de los seis principales venenos mentales, transformándolos en un tipo de sabiduría y en una virtud trascendental o paramita. Además, cada sílaba está asociada a un color determinado que trabaja junto con el sonido.

El mantra se recita pronunciándolo con voz clara, pero si estamos con gente y no queremos que se oiga lo podemos recitar mentalmente. Se utiliza un rosario (mala) que tradicionalmente tiene ciento ocho cuentas, y con cada mantra se pasa una de ellas. Tiene más efecto si se repite con un sentimiento de amor hacia todos los seres. También podemos imaginar mientras lo recitamos que nos bañan e impregnan rayos de luz del color que corresponde a la emoción que queremos trabajar. Por ejemplo, si el problema es el deseo, la luz será amarillo dorado. Si es la ira, será de color azul marino, etc.

La práctica de Chenresi, como todas las demás prácticas de deidades tántricas, incluye la visualización de uno mismo como la deidad y la repetición de su mantra. El objetivo es llegar a experimentar la pureza inherente a todos los seres y las cosas. Verlos a todos y a uno mismo como si fueran Chenresi, oír todos los sonidos como si fueran su mantra y percibir todo lo que pasa por la mente como la sabiduría y el amor de Chenresi, que no difieren de la mente de Buda. Esta práctica tiene el poder de transformar nuestra mente y con ello nuestra manera de experimentar la vida.








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